martes, 22 de septiembre de 2015

El acuerdo con Irán y la omnipotencia del 'lobby' judío Por Eli Cohen

Uno de los mitos más asociados al pueblo judío es que tiene un poder oculto con el que controla el mundo. El mito, al decir del periodista canadiense especializado en antisemitismo Mark Steyn, ha mutado a lo largo de los años: primero fue la conspiración judía mundial dirigida por un consejo que representaba a los doce tribus de Israel y se reunía, con nocturnidad, en el envolvente cementerio judío de Praga; después, esa conspiración mutó hacia una dirección colegiada de las masonerías y de los movimientos comunistas de todo el mundo –la versión española era contubernio judeo-masónico–; hoy día, con el surgir del nuevo antisemitismo –de acuerdo con lo que han detallado, entre otros, Pierre André Taguieff o Gustavo Perednik–, el mito de la dominación mundial reside en el imaginario de que un poderoso lobby judío que rige el planeta a través de su control absoluto de la Casa Blanca. Como todos los anteriores, este último también es una mentira construida con el objetivo de fomentar el odio a los judíos.
Ya hemos hablado anteriormente de los grupos de presión judíos en EEUU. Históricamente, y con la cabeza bien alta, los judíos norteamericanos han sabido desarrollar lobbies –engranajes clásicos de la democracia en EEUU– y llevar a cabo un trabajo eficiente en lo que a presión política se refiere. En ello no hay nada ilegal. En 2011, el Centro para la Política Responsable contaba 12.000 lobbistas establecidos en Washington, que trabajaban para el lobby del petróleo, el de las armas, el de las eléctricas, el de las farmaceúticas; para Gobiernos y corporaciones locales, para grupos de jubilados, abortistas, antiabortistas, evangélicos… y para todo un catálogo de asociaciones y empresas que representan intereses económicos, religiosos, sociales y políticos de todo el arco ideológico. Business Pundit sitúa el lobby pro Israel entre los diez más poderosos de EEUU, junto con el de la industria minera, el de la industria farmacéutica, el de la industria petrolera, el agraria y la Asociación Nacional del Rifle, por citar algunos ejemplos. Ya en 2001 la revista Fortunecolocaba a Aipac, la organización más poderosa dentro del lobby pro Israel, como el cuarto grupo de presión más poderoso en Washington.
En el New York Magazine, Jonathan Chait define perfectamente qué es el lobby judío, o pro Israel, en Washington (Chait considera que, tras su fracaso en impedir el acuerdo, el lobby pro Israel ha llegado a su fin, por eso habla en pasado):

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