jueves, 25 de febrero de 2016

Tecnología y capitalismo (III): obsolescencia

Por P. Recife
¿Cómo es posible que en 1911 una bombilla tuviera una duración certificada  de 2500 horas y cien años después su vida útil se haya visto reducida a menos de la mitad? ¿Por qué los productos electrónicos duran cada vez menos? ¿Qué razón tiene escoger materiales poco resistentes y fabricar productos que no cumplen con la función que dicen hacer? La respuesta se llama obsolescencia programada y, obviamente, está orientada a incrementar la tasa de ganancia y por ende acelerar el proceso de acumulación del capitalismo mundial.

El capitalismo en su afán de acumular más riqueza y concentrar más su poder de explotación, también para su supervivencia como sistema, busca nuevas formas que le sirvan para sus objetivos, sin importarle las necesidades de la Humanidad y menos aun las repercusiones de sus acciones en el mundo.
La obsolescencia programada nace de la mano del capitalismo al mismo tiempo en que se desarrolla la producción en masa y se implanta la sociedad de consumo. La revolución industrial, con su producción en masa hace que haya tanta producción que el mercado de consumidores no puede adquirir todo lo que se produce (hoy en día se crea un producto nuevo cada tres minutos mientras noventa seres humanos mueren por hambre en el mismo período de tiempo). Es la economía de crecimiento basada en “tres instrumentos fundamentales: la publicidad, la obsolescencia programada y el crédito” (Serge Latouche, Profesor Emérito de Economía de la Universidad de París) y es, desde 1950 el santo grial de la economía capitalista. “En la última generación, nuestro papel parece limitarse a pedir créditos y comprar cosas que no necesitamos. No tiene sentido” (John Thackara, filósofo). El profesor Serge Latouche lo deja claro: “Vivimos en una sociedad de “crecimiento” cuya lógica NO ES crear para satisfacer las necesidades sino crecer por crecer. Crear infinitamente con una producción sin límites. Y, para justificarlo, el consumo debe crecer sin límites. Quién crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado o está loco o es economista. El drama es que ahora todos somos economistas”. La obsolescencia programada empieza su historia con una simple bombilla.
Podemos definir la obsolescencia programada como la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto, este se torne obsoleto, no funcional, inútil, feo, pasado de moda o inservible. Esta afirmación es una aberración en sí misma, sin embargo, es el modelo que impone a escala mundial el capitalismo para su crecimiento. Si pensamos que sólo hay disponibles en el mercado objetos que cumplen con los parámetros de la obsolescencia programada, y ésta cada vez reduce la vida útil de los productos, podemos afirmar que simple y llanamente estamos comprando basura.

La primera víctima de la obsolescencia programada: la bombilla
“La vida media de las bombillas de iluminación general no debe ser garantizada u ofrecida por otro valor que no sea de 1000 horas” (Helmut Höge, historiador de bombillas, citando a Phoebus).
Las bombillas fueron el primer ejemplo de obsolescencia programada: se diseñan para que fallen. Las bombillas podrían durar más de 100 años, incluso más; un ejemplo: la famosa bombilla de Livermore (California, parque de bomberos), fabricada en Shelby (Ohio) en 1895 con el filamento inventado por Adolphe Chaillet, lleva funcionando las 24 horas del día, todos los días del año, desde 1901 y se la puede ver en la webcam del parque (ya son tres las cámaras web que se han estropeado mientras la bombilla sigue impertérrita) (www.centennialbulb,org/cam.htm). No es la única documentada, aunque sí la más longeva.
En diciembre de 1924 en Ginebra se reúnen directivos de Osram (Alemania), Philips (Países Bajos), Tungsram (Hungría, en 1990 adquirida por G. Electric), Associated Electrical Industries (británica, en 1967 adquirida por G. Electric) , Compagnie des Lampes (Francia, hoy de Philips que la absorbió del grupo Mazda), International General Electric (EEUU), Lámparas “Z” (España, del grupo Philips) y el GE Overseas Group, creando el primer cártel de oligopolios mundial con el fin de controlar la producción de bombillas y repartirse el pastel del mercado mundial (controlar al consumidor). El cártel se llamó Phoebus, aunque oficialmente nunca existió. La presión ejercida por Phoebus a los fabricantes de bombillas hizo que éstos tuvieran que reducir la vida de las mismas a mil horas; la producción era rigurosamente controlada por Phoebus para asegurarse que se cumplían sus normas, multando severamente a aquellos que se desviaban de los objetivos marcados. Al aplicar la obsolescencia programada,
Phoebus logró que las bombillas pasaran de durar 100 años a 2500 horas y, en menos de un año a 1500 horas. En los años cuarenta del anterior siglo, el cártel ya había conseguido su objetivo de que no duraran más de mil horas en el mundo entero.
A finales de los años 1920 una unión de compañías de origen sueco, noruego y danés, llamada la North European Luma Co-op Society (Sociedad Cooperativa Noreuropea Luma), empezó a planificar un centro de fabricación independiente. Las amenazas económicas y legales de Phoebus no consiguieron el efecto deseado, y en 1931 los escandinavos fabricaban y vendían bombillas a un precio bastante más bajo que Phoebus. El acuerdo original de Phoebus se creó para durar hasta 1955, de todas formas, los comienzos de la Segunda Guerra Mundial hizo fallar enormemente la operación del cártel. Los remanentes del cartel Phoebus fueron revividos en 1948.
Citemos algunos ejemplos más: las medias de nylon, prácticamente irrompibles, se dejaron de fabricar porque las mujeres no necesitaban más y se obligó a los fabricantes a crearlas con tejidos menos resistentes. Las linternas tenían una lámpara que duraba más que las pilas. Hicieron que las pilas y la lámpara duraran lo mismo (poco) para comprar una linterna más moderna y con más luz. Las modernas impresoras de inyección de tinta tiene limitada su vida útil. Un fallo de la máquina muy común es que ésta deje de funcionar por algo tan simple como que las esponjas de absorción de tinta sobrante y limpieza se saturen. Enviarla a reparar es más caro que comprarse (y de paso caer en la obsolescencia programada) una máquina nueva. Cuando Ford saca al mercado su feo y fiable coche modelo T, creando la primera cadena de producción en masa y vendiendo más de quince millones de vehículos, su inmediata competidora, la General Motors, utiliza otra estrategia: en vez de crear un coche fiable, crea y diversifica coches con diseños más atractivos, menos fiables pero que atraían al consumo con nuevas formas, colores, modelos y con el objetivo de que los consumidores cambiaran de coche cada ¡tres años! Tras ello, Ford optaría por la misma estrategia. Ya en 1928, la influyente revistaPrinter´s Ink, publicitaria primero y de negocios y comunicación después, dijo al respecto: “Un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”, en claro apoyo a la obsolescencia programada.

Origen de la obsolescencia programada
La crisis de Wall Street de 1929 provoca una recesión económica sin precedentes. Las colas ya no se hacen para comprar sino para pedir trabajo y comida. En ese año se propone una ley cuya base es la obsolescencia programada, en la que todos los productos tuvieran fecha de caducidad para maximizar los beneficios.
Bernard London, importante inversor inmobiliario yanqui, en plena recesión de Wall Street, propone hacer obligatoria la obsolescencia programada en la que quiere que todos los productos tuvieran fecha de caducidad y que tras esa fecha se les considerara legalmente muertos. E iba más allá: quién se quedara con un artículo caducado pagaría una multa. Nunca se puso en práctica pero la idea caló en los lobbys económicos resurgiendo veinte años después, no para imponerse como leyes, si no haciendo cómplices a los consumidores con diseños innovadores, intensas campañas publicitarias, creando la necesidad de modernizarse, de adoptar un determinado estilo de vida (el New Deal de Roosevelt) y otros conceptos similares. “El antiguo enfoque europeo era crear el mejor producto y que durara siempre. El enfoque norteamericano es crear un consumidor insatisfecho con el producto que ha disfrutado” (Brooks Stevens, diseñador industrial estadounidense de muebles para el hogar, electrodomésticos, automóviles y motocicletas; fue quién expandió por todo EEUU con éxito la idea de la obsolescencia programada con esta estrategia).
La obsolescencia programada se aplica desde los oligopolios creando el deseo en el consumidor de poseer algo que no necesita, de tener lo más nuevo, un poco mejor que lo que ya tiene y un poco antes de lo necesario.
El hijo de B. Stevens justifica hoy en día la idea de la obsolescencia programada en que “…depende del consumidor. Nadie le obliga a ir a una tienda y comprar un producto”, “…va [a comprar] por propia voluntad, es su elección”. Y el diseñador industrial Boris Knuf lanza un mensaje catastrofista: “sin la obsolescencia programada no existirían grandes superficies comerciales, no habría productos, no habría industria, no habría diseñadores, arquitectos, dependientes, limpiadores, guardias de seguridad. Todos los trabajos desaparecerían”. Ambos obvian razones más importantes, además de soslayar el fin mismo del capitalismo al callar que todas las formas que adopta son nocivas para la calidad de vida y la dignidad de los trabajadores. Sin olvidarnos que a esto se le suma la desaforada competencia de producción y de control entre empresas del mismo sector productivo. No se produce para paliar las necesidades de la Humanidad si no para un crecimiento del capital y enriquecimiento de unos pocos. Se produce ilimitadamente en un planeta limitado creando millones de desechos diariamente y con un despilfarro de recursos y materias primas que ponen en serio peligro la sostenibilidad del planeta (Ghana es un buen ejemplo de basurero tecnólogico) cuando no la vida de millones de personas que trabajan en condiciones de esclavitud (un ejemplo es el coltán, también llamado el mineral de la guerra, es un recurso no renovable altamente estratégico, su principal aplicación es crear condensadores en equipos electrónicos, fundamentalmente teléfonos móviles. Un trabajador de las minas congoleñas extrayendo coltán, gana entre 10$ y 50$ semanales. La tonelada de coltán se cotiza en el mercado a 400.000$. El método de extracción es arcaico, es muy similar al método con el que extraían oro antiguamente en EEUU. Trabajan en condiciones de semiesclavitud y manu militari. Un buen trabajador puede sacar un kilo de coltán diario en jornadas de más de 12 horas. Además de coltán, aparecen otros minerales altamente radiactivos con similares características, elementos como el uranio, torio y radio entre otros. Debido a la exposición de los trabajadores a estos minerales, hay una gran cantidad de enfermos por radiación).
Si realizamos ahora un esfuerzo imaginativo en el que la revolución socialista hubiera triunfado y se hubiesen nacionalizado los medios de producción, el panorama cambiaría radicalmente (la URSS fue un ejemplo de ello pasando en pocos años de ser un país atrasado a ser una potencia mundial1). Las empresas serían ahora propiedad del estado y ya no tendrían como fin obtener el máximo beneficio individual, sino la satisfacción de las necesidades de la sociedad con la mayor eficacia posible. Ya no se buscaría programar la obsolescencia, sino al contrario, mejorar las técnicas de investigación para alargar la vida de los productos y no necesitar producirlos a un ritmo tan desaforado. Además, con ese nuevo fin común desaparecería la competencia empresarial y podrían racionalizarse y regularse todas las relaciones laborales y materiales. Consiguientemente disminuiría de forma notable el ritmo de explotación de recursos y de zonas, y dejaríamos así un margen de recuperación de la biodiversidad y los suelos necesario para una mejor convivencia del ser humano con el mundo material que le rodea.
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Notas
1. Apuntes históricos sobre la Rusia Soviética (1917-1945), de Carlos Hermida, profesor de Historia de la UCM. Ed. Aurora 17.

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