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El proceso constituyente

mundo obrero
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La III República debe ir indisolublemente ligada a programas y propuestas que aborden el paro, la vivienda, el empleo, el tejido productivo, la soberanía, la democracia radical, la laicidad, el futuro de España en la eurozona, etc.

A finales del 2001 apareció un llamamiento tendente a la necesidad de iniciar un Proceso Constituyente que culminase en una situación de Democracia plena en España. La idea no cuajó y al cabo de unos años, cual Guadiana, reapareció y ha terminado por ser aceptada por la totalidad de fuerzas políticas, sociales y culturales que no ven otra salida que la ruptura con la Transición y su herencia. Sin embargo y según pasa el tiempo, la alusión al citado Proceso Constituyente no pasa de ser una referencia casi obligada en actos políticos, conferencias y materiales de las diversas organizaciones que se reclaman de la izquierda y que todavía no han hecho nada notoriamente contradictorio que lo desmienta.

Pero la situación de crisis, las perspectivas, incluso para un futuro inmediato, no admiten más dilaciones en el diseño, concreción y desarrollo político-organizativo del citado proceso. Es urgente la visualización de una alternativa que vaya más allá de las siglas que se atribuyen la intención de un cambio en profundidad. Y si hablamos de proceso constituyente, éste no puede algo distinto al que tenga como escenario, contenido, protagonismo y fuerza motriz, a la sociedad o la parte de ella, que asuma y acepte el reto que los tiempos nos lanzan. Se necesita de una idea, de una imagen que suscite a la vez cambio y enlace con la mejor tradición de una historia truncada; de un concepto que el imaginario colectivo pueda asociar a renovación, frescura e incitación, a lo que Gramsci denominara fantasía concreta.

Creo que la República y en concreto la III República es el ideal que convenientemente asentado en un soporte programático puede galvanizar fuerzas en torno a un frente común que de manera nítida y sin concesiones al tacticismo le diga a la población que hay alternativa, proyecto, causa común y futuro.

Y ello no es sino adelantarse a una operación que ya está siendo consensuada y diseñada en la trastienda del bipartito: el cambio constitucional. Rubalcaba, Jáuregui, el propio Rajoy y bastantes intelectuales orgánicos del estatus lo van lanzando a través de los medios cada dos por tres. Y es lógico, un cambio constitucional bajo la batuta de ambos introducirá cambios en las reglas del juego electoral (todavía a peor), los principios rectores de la economía o los Derechos Fundamentales. Como ya dije en otro artículo (“Sócrates y Trasímaco”) el poder no puede cumplir su propia legalidad y necesita cambiarla por otra. La Transición ya no da más de sí, incluso para los beneficiarios de la misma.

Frente a ese discurso falsamente innovador y basado en la necesidad de seguir manteniendo la iniciativa, los defensores del Proceso Constituyente tenemos la obligación de hacer buena nuestra propuesta aquí y ya mismo. No debemos dilatar por mor de otras consideraciones puramente adjetivas, lo que bien explicado, razonado y ligado a las necesidades y urgencias del momento constituye la condensación de los deseos y esperanza de frustrados, damnificados, luchadores de siempre. Pero sobre todo de jóvenes. Una juventud que necesita de unaRepública joven.

He subrayado la anterior expresión acerca de la juventud de la República porque erraríamos y nos equivocaríamos en toda la línea si, cediendo a perezas mentales o a indigestiones de nostalgia, pensamos en la Tercera República como una reposición de la Segunda. El impulso republicano si quiere tener eco y arraigo como proyecto de hoy para el futuro debe tener permanentemente presente lo que se ha manifestado en las calles en los últimos años y muy especialmente el 22 de Marzo.

Creo que la convocatoria a construir la III República debe ir indisolublemente ligada a programas y propuestas que aborden el paro, la vivienda, el empleo, el tejido productivo, la soberanía, la democracia radical, la laicidad, el futuro de España en la eurozona, etc. Pero hay dos cuestiones que la Constitución de la República no sólo no debe obviar sino que debe resaltar y hacer de las mismas su centro de gravedad: la supremacía de las decisiones políticas sobre las concepciones económicas y la prioridad de lo público.

Publicado en el Nº 272 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2014

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