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ESPAÑA: Abrazados a un cadáver


La historia nos vuelve a retar para que esta vez sí seamos capaces de clausurar definitivamente las sucesivas encarnaciones de las restauraciones borbónicas.

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Hace dos décadas y en una entrevista concedida a Julia Navarro, en 1995, Miquel Roca Junjent (uno de los siete “padres” de la Constitución), dijo que los artículos de la misma referidos a las garantías sociales y a la posibilidad de una economía planificada, habían sido aceptados por las fuerzas conservadoras en virtud del consenso imperante pero, sobre todo, porque estaban todavía muy recientes los acontecimientos de la Revolución de los claveles en Portugal. Poco tiempo después, economistas con fuerte impronta en las publicaciones del Círculo de Empresarios de Madrid manifestaban que los contenidos económicos y sociales de la Constitución eran un desastre y que, en consecuencia, debían ser reformados por la vía de los hechos y ésta no era otra que el Tratado de Maastricht. Un año después y en la Fiesta del PCE de 1997, el Comité Federal del Partido anunciaba el rompimiento con la Constitución y con el pacto que la había hecho posible. Tras veintiún años se constata que aquello quedó en palabras. Y como consecuencia de ello nos debatimos en un magma de contradicciones entre propuestas lúcidas y discursos correctos por una parte y prácticas nada concordes con lo dicho por otra. Abominamos del bipartito por su política neoliberal, nos posicionamos contra la derecha y “las políticas de derecha” pero en nuestro horizonte electoral más inmediato sigue estando el pacto con el PSOE. En el horizonte y en la práctica.

La Transición y el consenso que conllevó- ya se ha dicho- fue el producto de dos debilidades, la del franquismo económico, social, político e ideológico de continuar sin el dictador y la de la oposición de izquierda (y en ella nosotros y en solitario durante tanto tiempo) que no había podido concitar en torno a ella la alianza social y política que demandábamos a través de la Ruptura Democrática. Nuestro error consistió –y en ello reside la clave del presente– en hacer virtud de la necesidad. Prolongamos el pacto más allá de lo que aconsejaba la realidad del momento. Nos creímos, y me temo que lo seguimos creyendo, protagonistas y guardianes de un pacto que la otra parte contratante empezó a vulnerar sistemáticamente casi desde el mismo momento en que fue consensuado.

El discurso oficial de la Transición se fundamentó en dos ideas básicas: pasar de la dictadura a la democracia sin pagar ningún peaje de división social violenta y conseguir en España, al fin y de manera pacífica, la resolución de los grandes problemas que heredados del XIX continuaban lacerando el cuerpo social: una democracia económica y social en un Estado de Derecho, la articulación de un marco estatal en el que todos sus territorios se sintiesen cómodos y un Estado laico que desterrase las todavía secuelas y gravámenes de la secular alianza entre el Trono y el Altar. Nosotros, por mor del consenso, renunciamos a exigir la cuarta deuda histórica: dilucidar, vía referéndum, la opción entre República o Monarquía.

Las ideas, propuestas y el nervio político que habían informado el Manifiesto-Programa de 1975 continuaron entre nosotros si bien en estado de latencia. El fiasco que supuso el Cambio propugnado por el PSOE hizo resurgir con otras denominaciones el proyecto de construir una Alternativa desde la alianza con las fuerzas clásicas de la izquierda y, sobre todo, desde la imbricación en los problemas a ras de calle. Fue la época de la política de Convergencia, de Convocatoria por Andalucía y finalmente de IU. La historia de las dos visiones del proyecto de IU en permanente pugna, son de sobra conocidas. Construir la Alternativa de Gobierno, Estado y Sociedad se compadecía poco con la aspiración a formar parte, aunque de manera gregaria, del estatus de la Transición.

Han pasado años y varias crisis internas pero sigue sin pasar, y sin resolver de una vez por todas, el dilema que nos ha esterilizado tanto tiempo: alianza de la izquierda o bloque social alternativo; llamando impropiamente alianza de la izquierda los pactos con el PSOE. De esta manera hemos llegado a una situación esquizoide consistente en abominar del bipartito y su política y simultáneamente defender el pacto “contra la derecha” con el otro componente mayoritario del bipartito. Y en esto ha llegado y nos ha pillado al traspiés, la más que probable ruptura institucional del bipartito, el predecible “sorpasso” que tanto miedo nos dio de siquiera someterlo a consideración tiempo ha y el surgimiento de plataformas, movimientos, colectivos y candidaturas que conjuntamente con lo que se manifestó el 22 M del año pasado constituyen la materia viva de lo que hemos venido propugnando, el proceso constituyente. La Ruptura Democrática, con otras formas, otros tempus y otras características vuelve a llamar a la puerta.

Si se cumplen las previsiones que las encuestas vaticinan no va a faltar trabajo para una fuerza política de izquierdas que asuma consecuentemente constituirse en el cemento de la unidad popular imprescindible para aguantar y vencer la reacción de los poderes económicos de hecho y de derecho, las campañas mediáticas y hasta todo tipo de acciones. Sin olvidar tampoco la necesaria ecuanimidad, firmeza y compromiso con la meta perseguida, para saber actuar como crítico constructivo sin estridencias verbales, de las indecisiones o errores que puedan/podamos cometer de este lado de acá. La historia nos vuelve a retar para que esta vez sí seamos capaces de clausurar definitivamente las sucesivas encarnaciones de las restauraciones borbónicas. Pero para ello debemos dejar de estar abrazados al cadáver de la Transición.

Publicado en el Nº 281 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2015

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